martes, 31 de agosto de 2010

LA BOLA



Cae la bola al suelo y baja los escalones con el ritmo acompasado de quien no tiene prisa, de quien seguro de sí mismo, con parsimonia, es capaz de saltarse los peldaños de dos en tres, sabiendo que ningún tropiezo le hará errar el paso y de que llegará gloriosamente a su destino.

Es tan sencillo, _me dice volviendo el rostro mientras desciende por las escaleras_, despacio, sin prisas, solo hay que hacer las cosas bien y se alcanzan, ¿ves?

Toc, toc, toc ..., ríe la bola hasta que ya no puede continuar bajando, y atraviesa rodando el corredor, buscando la salida.

Es inútil, Juan, no puedes salir, no insistas. Pero él, siempre tan tenaz, parece que conseguirá saltar a la calle. Antes de alcanzar el portal, se vuelve a mirarme. Clava en los míos sus ojos de color negro oliva, buscando la luz que le falta, la respuesta a esa pregunta que aún hoy vuela por el aire.

"¿Cómo pudo ocurrir?"

Es incansable. Me ahogo, y en un arrebato, esa bola tan redonda y tan perfecta estalla contra la cristalera, la hace añicos, la destroza. Desaparece la esfera maldita, no así los ojos de Juan, que miran desde la nada y desde el todo, preguntándome cómo pudo ocurrir.

¿Es que no lo entiende? Es tan sencillo... No siempre se tiene una respuesta, para todo.


Chu

lunes, 30 de agosto de 2010

Con el color del dulce de leche.

Van rodando por la larga mesa traen consigo el mar, la tierra, el sol, el pino… cada uno desde nuestro asiento, dispuesto alrededor va tomando la del color que le recuerda otros momentos.
Es mi último día en Benalmádena, por este año, recogida sobre mi misma con pensamientos encontrados… entre la nostalgia de no estar presente el próximo miércoles en este taller donde jugamos con las letras, inventando historias deseosos de contarlas y pensando en el vuelo que me acercará en pocas horas a mi familia, a mi país de tango, mate y ombú.
Mientras se deslizan desde la cabecera hasta la otra punta, el sonido y movimiento, me trae un cuadro de la infancia, donde mi hermano competía con sus amigos a ver quien las tiraba más lejos, con la aprendida técnica arrodillados, apoyando una parte de la mano en el suelo, tomándolas entre el pulgar y el índice; las había de varios tamaños y colores, recuerdo a mami, cociendo los bolsillos que el peso de las mismas descosían.
En su andar presuroso sobre la tabla lustrada, van alcanzando el otro extremo, pasan por mi lado quedan muy pocas para elegir, estiro la mano y tomo una color dulce de leche.
Desde el otro lado del Atlántico, estoy  escribiendo con este objeto redondo, pequeño, entre mis manos despertando sentidos, su materia es fría la envuelvo en el calor de los momentos, las palabras de cada uno de mis compañeros, sonrisas, comentarios, todos unidos en un tris por el placer común.
Vestida de simbología esta bolita se llama Airesbenal.  


                                                                                                              Viviana Monjo.

viernes, 27 de agosto de 2010

SINESTESIA

Escrito por nuestra compañera Pury del Valle (agosto, 2010):

Cada idea, cada pensamiento tiene una forma,
tiene un sonido, un color diferente, rojo, blanco y amarillo...
una energía inagotable que invade todo mi ser,
se expresa en lo cotidiano,
hoy tiene empuje, fuerza…
fuerza, si, es la que me transmite esa …

piedra…
Mi cristal preferido, mi piedra preciosa.
A lo largo del camino, hay muchas piedras,
grandes, medianas, pequeñas,
cada una me sugiere un pensamiento distinto,
un sonido, diferente, suave, fuerte, débil, agudo…
me atrapa su belleza,
quedo absorta contemplándola,
me las quisiera llevar a todas conmigo.
Cada una significó algo para mi, en las diferentes etapas del camino de la vida.
Todas en cambio me transmitieron una energía inagotable
que fue invadiendo todo mi ser.
Es como una sinfonía que me hace vibrar al compas
de lo cotidiano.
Si las hubiese guardado todas, hoy podría edificar una casa,
una casa de piedra, “itzza etxea” en vasco.
Entonces era muy joven y no tenía idea lo que podía hacer con ellas…
Hoy, me doy cuenta, que aunque no construí una casa física,
en la que hoy podría vivir a gusto, segura, sin gastos de infraestructura…
No muy lejos de esas formas, he construido mi pensamiento basado
en la convicción de mis ideas, y me siento a gusto conmigo misma,
segura del espacio interior que fui edificando.
Cada piedra evoca en mi un recuerdo, una vivencia, un color, una forma,
una nota musical para componer la sinfonía de mi vida,
si le tuviese que poner un titulo diría: Sinfonía en La Mayor…
la vida es Bella y merece la pena vivirla.

jueves, 26 de agosto de 2010

Transferencia


Escrito por nuestra compañera Pepa Cejas (agosto, 2010):

Enterré a mi hijo a la orilla de un canal en un país frío. Clavé apenas una cruz de madera, donde mi hermano había grabado con sencilla caligrafía el nombre y la fecha: Anton Eckeström. (8 de noviembre, 1991 - 22 de junio, 2007).

Ese día se oscureció mi modo de mirar. O quizá, sin planearlo, fui yo quien bajó la persiana y corrió las cortinas al mundo.
Sólo había dolor, como un aire que se cuela entre las superficies, se acopla y, a su paso, las desgasta. Había un chocar de las palabras mías que se negaban a hilarse en frases, a concederme una mínima lógica productiva. Había desorden, un terrible desorden en el modo de sentir o comportarme; de enlazarme a quienes me miraban con honda preocupación y me tendían sinceras manos de consuelo.

Viajé. Sin mapas. No encontré obstáculo en la editorial que, amablemente, me esperaría sin límites. El dinero del seguro cubríría con creces aquella necesidad extravagante. Perderme ahondaba aún más mi tristeza pero, a la vez, me otorgaba una cierta sensación de coherencia.
Pasaron meses.

Fue en la playa, al sur de una península con perfil caprichoso, donde el dolor se replegó, se avino a enroscarse; donde todas mis sombras sin contorno encontraron un hogar, una suerte de forma concreta que las recogía.

Caminaba. Como solía: la mirada al frente, las manos a la espalda, el pelo revuelto. Pisé la piedra y retiré el pie dolorido con brusquedad. No había sangre pues las formas eran romas, pero sentí una intensa punzada. Me agaché y la tomé en la mano. Tan vacía, tan muda, tan amarga aquella piedra penetrada de agujeros. Ahí estaba, fuera de mí, hirviéndome en la palma, imagen de mi propio corazón desubicado.

Cerré el puño. Cerré los ojos. La aproximé al pecho. Y la tristeza -noté- mansamente fluyó hacia aquella piedra blanca que, ante mi asombro, no aumentaba de tamaño ni cambiaba de color. Piedra viva, sin embargo, digiriendo mi dolor, amalgamando aquel derrame y habitándose con mi desorden.
Sé que vomité sobre la arena; varias veces; que necesité prolongar mi paseo antes de volver al hotel y que esa noche ya no recordé mis sueños.

Conmigo la llevo siempre. Aparece en un bolsillo, en mi cartera… A veces, en invierno, dentro de un guante… Me hace buena compañía. La que es presencia sin estorbo. Y no la aparto, que en ella pesan mis recuerdos, mi lastre y mi hondura. Aunque vivamos como pareja que ya no comparte la cama: amablemente las dos, cada una en su territorio.

Una visita inesperada

Escrito por nuestro compañero Fran (agosto, 2010):

....Era 1 de septiembre, del 2010, un miércoles cualquiera del calendario. Pero ese miércoles tocaba asistir al taller “Las palabras del escritor”, en la Biblioteca de Arroyo de la Miel, y algo impresionante pasó en aquella reunión literaria.
....El último día que vinimos, se nos entregó a todos unas canicas de colores, cada cual con un aroma distinto. La que me tocó a mí olía a naranja, y era normal, pues venía vestida de un color anaranjado. Pero no era esto lo raro y maravilloso de esta historia, no, fue algo mucho mejor...
....Cuando Ricardo se disponía a pedirnos leer nuestros ejercicios, sobre las bolas de colores que nos dio, una espesa niebla comenzó a formarse justo detrás de nuestro amigo. Él seguía hablándonos sin enterarse de nada, pero los demás íbamos viendo cómo aquella nube de humo iba tomando forma humana.
....Nuestra joven Alejandra soltó un grito de película de terror. Lola, Cecilia y Erena se levantaron de las sillas aterradas. Los demás nos quedamos como bloques de hielo en nuestras sillas, hasta el aliento se nos congeló en la boca.
....Aquel fantasma tomó forma corpórea; era un señor mayor, con barba y bigote, elegantemente trajeado con chaqueta y corbata. Y en cuanto tocó el hombro de Ricardo, éste se llevó el mayor susto de su vida, poniéndose en pie de un salto.
....-¡Tranquilo, tranquilos todos! –Dijo el extraño visitante- ¿No sabéis quién soy…?
....Aquel hombre, o fantasma, o lo que fuera, tenía un rostro serio, pero sus palabras llegaron a tranquilizar a todo el grupo…, bueno, o eso parecía. Ante nuestro oscuro y pavoroso silencio, aquél hombre siguió hablando:
....-¡Tranquilos, por favor! Adoro las sinestesias, y no he podido contenerme para venir aquí y disfrutar de este día con vosotros. Por favor, dejadme un asiento para acompañaros.
....No sé, pero su esmerada educación parecía habernos hipnotizado a todos, pues acogimos a aquel extraño en nuestro grupo, y seguimos con lo nuestro. Ricardo pidió que leyéramos nuestros textos. Levanté la mano, y empecé yo:
....“Un día me crucé con una desconocida, era hermosa, y tanto, que casi tenía que cerrar los ojos por la hiriente luz de su belleza. Al tropezar los dos, la bola que llevaba entre mis manos cayó rodando. Ella recogió gentilmente la canica anaranjada y me la ofreció.
....-¿Qué es esto? Me preguntó. Y yo le dije: “Es un beso resbalando de mis manos, un pequeño atardecer de aromas de otoño”. La chica hermosa dijo que más bien le parecía el pequeño huevo de un ave Fénix. Los dos sonreímos”.
....Fin de mi ejercicio. Ahora le tocaba a Laura y su texto con sinestesias. Pero el señor extraño se levantó, diciendo que sabía algunas bonitas:
....-Es de oro el silencio –dijo-, la tarde es de cristales azules…
....-¡Eres Juan Ramón Jiménez! –gritó Eduardo, señalando a aquel hombre.
....Y el espíritu del poeta onubense se desvaneció, en una nube de humo, ante nuestros atónitos ojos.

miércoles, 25 de agosto de 2010

LO DE LAS BOLAS (un poco largo, perdón)

Querido Amigo:
El otro día le abrieron a uno la cabeza en la plaza mayor.
Un ladrillazo.
La gente comenta que tal vez los chicos estaban jugando en una obra. Seguramente apostaban a ver quien lanzaba el ladrillo más lejos. Cosas de chicos, quien sabe.
Lo que si vieron algunos fue el ladrillo volar a una altura considerable. Se comenta que el ladrillo silbaba como un obús, tal era la velocidad que llevaba.
Fue a dar en la cabeza de Serafín Méndez.
Un golpe limpio. La cabeza se abrió como una caja de puros, con un ligero chasquido, sin sangre.
Unas chicas gritaron, un señor corrió a socorrerlo, pero Serafín hizo un suave gesto con la mano rechazando ayuda y se sentó lentamente en el suelo.
Sus pensamientos comenzaron a desparramarse en todas direcciones.
Parecía mentira que en una cabeza tan pequeñita hubiera sitio para tanto pensamiento.
Eran como canicas de cristal de diferentes tamaños, canicas cantarinas, otras canicas susurradoras, algunas tan grandes como el pomo de una puerta. Botaban alegremente sobre el suelo empedrado de la plaza.
La gente, en un principio, daba pequeños saltitos para esquivarlas.
La plaza estaba llena, no se si sabré explicarte, amigo, el revuelo que allí se organizó.
Sergio, el de la panadería, haciendo alarde de unos reflejos fuera de lo común, reaccionó admirablemente, sacando un saco vacío del almacén y acercándoselo al pobre Serafín.
Serafín que parecía a punto de desvanecerse pero estaba más entero de lo que se podía esperar, asintió con la cabeza y extendió los brazos para sujetar el saco bien abierto.
Fue el mismo panadero el que empezó recogiendo los pensamientos más cercanos y echándolos al saco.
Todo el pueblo se puso manos a la obra. La plaza parecía un corral de gallinas hambrientas. Todos se agachaban y caminaban hacia el saco recogiendo los pensamientos del Sera por el camino.
Se podía mirar dentro de las bolitas. En cada una había un pensamiento del accidentado. El cachete que le dio el maestro sin tener razón, el otro cachete que le dio con razón, su primer beso, la comilona que se dio gracias a una apuesta…
El Sera sujetaba el saco y agradecía cada bolita con una leve inclinación de su cabeza limpiamente abierta. Con cada inclinación, un puñado de pensamientos brotaban de su cabeza. Don Agustín, el matasanos, no sabía que hacer, nunca había visto nada igual en sus cincuenta años de profesión, pero tuvo el acierto de sentarse tras el Sera y sujetarle el cráneo con ambas manos, cerrándolo lo mejor posible presionando con los pulgares para evitar una mayor pérdida de pensamientos.
Se comenta que la Justi, la muchacha más bonita del pueblo, cogió un pensamiento para echarlo al saco y lo miró antes de soltarlo. Era el recuerdo de una horrible punzada de dolor debida a un desengaño amoroso. Ya se sabe lo dolorosos que son esos lances.
Tanta ternura tocó el corazón de la moza que antes de soltar la canica en el saco, estaba perdidamente enamorada del Sera. Eso es lo que cuentan.
Afortunadamente la Justi acabó entrando en razón con el tiempo, en parte gracias a los consejos de las amigas que contaban haber visto otros recuerdos del Sera menos inocentes , y en parte por el empuje del Dioni, que acabó llevándola al huerto.
El que más y el que menos, todos miraron dentro de algún pensamiento del Sera, con cierto disimulo… porque aquello saltaba a la vista que era una cosa muy íntima. Algunos cayeron en la cuenta de que cuanto más lejos estaba el pensamiento del saco, más tiempo tenían para curiosear los recuerdos del vecino.
El bueno de Nicomedes, que nunca, nunca, había salido de la norma y gozaba de la más blanca reputación del pueblo, miró dentro de un pensamiento lleno de tocamientos pecaminosos adolescentes y perdió el control.
Salió corriendo de la plaza con la bola y unos mozos le dieron alcance en el arco de la Estrella y lo llevaron en volandas hasta el saco. Nicomedes soltó la bola llorando como un niño.
Sergio, el panadero tuvo que ir corriendo a buscar otro saco, y un tercero que se llenó hasta la mitad.
Cuando no quedaron más bolitas en la plaza, acarrearon al pobre Sera entre unos pocos y otros pocos se hicieron cargo de los sacos. Todo el pueblo en procesión hasta la Casa de Socorro.
Tanto el practicante como el asistente coincidieron con Don Agustín, el matasanos, en que nunca habían visto nada igual.
El pueblo en pleno esperaba en la puerta de la Casa de Socorro. El auxiliar salía de cuando en cuando contando que la cosa iba bien, que le había entrado un saco, que le había entrado otro y cada noticia era acogida con un murmullo de satisfacción.
Tres rosarios completos duró la intervención. En la cabeza del Sera entraron todas las bolitas, y aún sobró espacio que rellenaron con una minicalculadora de bolsillo, lo cual fue un acierto, porque el bueno del Sera demostró a los pocos días que podía hacer divisiones de hasta ocho cifras de cabeza.
Le cosieron con una técnica muy moderna de cirugía plástica que le dejó una cicatriz muy finita que se disimulaba perfectamente peinándose con la raya en el otro lado.
En ocho días, el bueno de Serafín volvió a pasear a la Plaza Mayor, como siempre.
Pero ya no era como antes. De repente todo el mundo tenía algo que hablar con él. Todos le buscaban conversación.
Pero el Sera no hablaba casi nada. Se limitaba a responder a las preguntas que le hacían, con monosílabos, cuando todos esperaban una charla extensa e íntima.
La gente comentaba ¿Qué le pasa al Serafín?¿No se había quedado bien?¿No se ha volcado el pueblo cuando el ha tenido problemas?.
Se mandó al Valentín, amigo del Sera de los de siempre, de confianza, de los de verdad, para que hablara con él. Estuvieron sentados en un banco tres cuartos de hora.
Al parecer, el Sera comentó que se notaba como que le faltaban recuerdos, no sabe cuales ni cuantos, y que sospechaba que alguno del pueblo se los ha quedado, no sabe porque ni para que.
Todos se echaron las manos a la cabeza. El Sera no sabe lo que dice ¿Quién va a querer lo que no es suyo? ¿Quién se atrevería a robar una cosa tan íntima en un pueblo tan honrado? Evidentemente el Sera no se ha quedado bien de la cabeza.
Pero pasó lo que nadie se esperaba. A la caída de la noche, el viejo Tomás, a sus noventa y dos años, dio la campanada acercándose a la casa del Sera y entregándole una bola. Era el recuerdo de una borrachera en la mili, en Melilla.
Serafín le da las gracias y acepta las disculpas del viejo, pero persiste en su actitud seca, al parecer siguen faltando recuerdos.
El sera sigue paseando por la plaza, y todos desean charlar con él sobre este o aquel recuerdo, pero nadie se atreve. La mirada cada vez más hosca de Serafín Mendez da pena y miedo.
Ahora, querido amigo, viene lo mío. Esto es confidencial.
Yo pisé la bolita, no se si casual o intencionadamente, una bolita pequeña que recogí con disimulo y guarde en el bolsillo.
La verdad es esa.
No es nada. Es un recuerdo muy pequeñito de una mejilla de niño apoyada en un pecho de mujer, un pecho enorme con un pezón rosado y tibio.
Sólo eso.
Lo miro de cuando en cuando, siempre que estoy solo. Poco a poco lo he ido haciendo mio.
No lo puedo devolver, ni se me pasa por la cabeza.
Si no lo devuelvo le robo al Sera. Si lo devuelvo me robo a mi.
¿Soy una mala persona?¿Tengo opción, hermano? Son preguntas retóricas, no tienes que responder.
Además, ya lo tengo decidido, me voy a hacer un llavero.
Eso es todo, un abrazo.

martes, 24 de agosto de 2010

A la melena pelirroja de Amparo

Este soneto lo ha escrito nuestro compañero Fran:

A la melena pelirroja de Amparo

Tu pelo es una larga incertidumbre
que araña la razón de mis sentidos,
y casi escucho en mí claros latidos
cantándole a tu clara y bella lumbre.

Tu pelo tiende en ti su mansedumbre
de un rojo amanecer, enardecidos
mis ojos se desvelan tan heridos
que a la dicha tu fuego los encumbre.

Como un jardín de rosas es tu pelo
sobre tu cuerpo blanco en clara nieve,
uniendo la pasión a blanco cielo.

Claro río de amor que claro llueve
en tu piel y en mis ojos como un velo
que arde como un sol y me conmueve.