viernes, 6 de agosto de 2010

Mamie's blues - Jelly Roll Morton

"Jelly Roll estaba en el piano marcando suavemente el compás con el zapato a falta de mejor percusión, Jelly Roll podía cantar Mamie’s Blues hamacándose un poco, los ojos fijos en una moldura del cielo raso, o era una mosca que iba y venía o una mancha que iba y venía en los ojos de Jelly Roll. Two-nineteen done took my baby away... La vida había sido eso, trenes que se iban llevándose y trayéndose a la gente mientras uno se quedaba en la esquina con los pies mojados, oyendo un piano mecánico y carcajadas manoseando las vitrinas amarillentas de la sala donde no siempre se tenía dinero para entrar. Two-nineteen done took my baby away... Babs había tomado tantos trenes en la vida, le gustaba viajar en tren si al final había algún amigo esperándola, si Ronald le pasaba la mano por la cadera, dulcemente como ahora, dibujándole la música en la piel, Two-seventeen’ll bring her back some day, por supuesto algún día otro tren la traería de vuelta, pero quién sabe si Jelly Roll iba a estar en ese andén, en ese piano, en esa hora en que había cantado los blues de Mamie Desdume, la lluvia sobre una claraboya de París a la una de la madrugada, los pies mojados y la puta que murmura If you can’t give a dollar, gimme a lousy dime, Babs había dicho cosas así en Cincinnati, todas las mujeres habían dicho cosas así alguna vez en alguna parte, hasta en las camas de los reyes, Babs se hacía una idea muy especial de las camas de los reyes pero de todos modos alguna mujer habría dicho una cosa así, If you can’t give a million, gimme a lousy grand, cuestión de proporciones, y por qué el piano de Jelly Roll era tan triste, tan esa lluvia que había despertado a Guy, que estaba haciendo llorar a la Maga, y Wong que no venía con el café." (Capítulo 17 de Rayuela).


Stack O'Lee blues - Warning's Pennsylvanians

"Ronald, encogiéndose de hombros, había soltado a los Waring’s Pennsylvanians y desde un chirriar terrible llegaba el tema que encantaba a Oliveira, una trompeta anónima y después el piano, todo entre un humo de fonógrafo viejo y pésima grabación, de orquesta barata y como anterior al jazz, al fin y al cabo de esos viejos discos, de los show boats y de las noches de Storyville había nacido la única música universal del siglo, algo que acercaba a los hombres más y mejor que el esperanto, la Unesco o las aerolíneas, una música bastante primitiva para alcanzar universalidad y bastante buena para hacer su propia historia, con cismas, renuncias y herejías, su charleston, su black bottom, su shimmy, su foxtrot, su stomp, sus blues, para admitir las clasificaciones y las etiquetas, el estilo esto y aquello, el swing, el bebop, el cool, ir y volver del romanticismo y el clasicismo, hot y jazz cerebral, una música-hombre, una música con historia a diferencia de la estúpida música animal de baile, la polka, el vals, la zamba, una música que permitía reconocerse y estimarse en Copenhague como en Mendoza o en Ciudad del Cabo, que acercaba a los adolescentes con sus discos bajo el brazo, que les daba nombres y melodías como cifras para reconocerse y adentrarse y sentirse menos solos rodeados de jefes de oficina, familias y amores infinitamente amargos" (Capítulo 17 de Rayuela).


Jelly Beans Blues - Ma Rainey

"Horacio resbaló un poco más y vio muy claramente todo lo que quería ver. No sabía si la empresa había que acometerla desde arriba o desde abajo, con la concentración de todas sus fuerzas o más bien como ahora, desparramado y líquido, abierto a la claraboya, a las velas verdes, a la cara de corderito triste de la Maga, a Ma Rainey que cantaba Jelly Beans Blues. Más bien así, más bien desparramado y receptivo, esponjoso como todo era esponjoso apenas se lo miraba mucho y con los verdaderos ojos. No estaba tan borracho como para no sentir que había hecho pedazos su casa, que dentro de él nada estaba en su sitio pero que al mismo tiempo -era cierto, era maravillosamente cierto-, en el suelo o el techo, debajo de la cama o flotando en una palangana había estrellas y pedazos de eternidad, poemas como soles y enormes caras de mujeres y de gatos donde ardía la furia de sus especies, en la mezcla de basura y placas de jade de su lengua donde las palabras se trenzaban noche y día en furiosas batallas de hormigas contra escolopendras, la blasfemia coexistía con la pura mención de las esencias, la clara imagen con el peor lunfardo." (Capítulo 18 de Rayuela).


Oscar's blues - Oscar Peterson

"Y la Maga estaba llorando, Guy había desaparecido, Etienne se iba detrás de Perico, y Gregorovius, Wong y Ronald miraban un disco que giraba lentamente, treinta y tres revoluciones y media por minuto, ni una más ni una menos, y en esas revoluciones Oscar’s Blues, claro que por el mismo Oscar al piano, un tal Oscar Peterson, un tal pianista con algo de tigre y felpa, un tal pianista triste y gordo, un tipo al piano y la lluvia sobre la claraboya, en fin, literatura." (Capítulo 18 de Rayuela).


miércoles, 4 de agosto de 2010

Entre el río Congo y el sur del Nilo

Escrito por nuestro compañero Mateo Feytit (agosto, 2010):

El viento apenas lograba colarse por aquella espesa vegetación. Solo su rumor en las copas de los descomunales árboles revelaban su presencia. Abajo, entre las penumbras de la selva, Eric y su padre aguardaban la llegada de los pigmeos, una tribu que habita las selvas del centro de Africa. Hacía un calor infornal, como si un millón de hogueras rodearan aquel lugar inhóspito.
Sentados sobre un saco de sal, hacían tiempo en silencio acostumbrados a las largas esperas durante las cacerías. Eric observaba las ramas más altas balancearse mientras mi abuelo filtraba gota a gota el agua de un riachuelo. En cuanto las gotas dejaban de golpear el fondo de la cantimplora, uno de ellos apenas lograba mojarse los labios.
El riachuelo corría sordo, como la sangre a través de una herida. Reinaba un silencio absoluto, casi preocupante. Mi padre fue el primero que sintió sus presencias. Siempre venían dos, cogían lo que iban a trocar, y desaparecían como sombras sin cruzar palabra. El mundo exterior parecía horrorizarles. Eran pequeños, cabezudos, mantenían una leve sonrisa bajo unos ojillos nerviosos y tenían casi siempre el cuerpo plagado de picaduras.

El más viejo señaló el saco de sal con una rama. Acto seguido el otro desapareció para volver con un cesto repleto de raices, plantas y carne seca. Mi abuelo les dijo algo en su lengua, lo cual pareció tranquilizarles. Luego se colocó entre los dos hombrecillos y levantó los brazos en cruz. A pesar de la escasa estatura de mi abuelo, los pigmeos quedaron muy por debajo de los brazos. Entonces le hizo una señal a mi padre para que inmortalizara el momento. Así era él, impredecible.
Los pigmeos sacaron unos granos de sal y se los metieron en la boca casi con ansia, y desaparecieron como dos estelas de humo. A Eric y su padre le quedaban tres días de marcha hasta su campamento.

"A mis dos aventureros favoritos, que aunque se fueron, dejaron sus corazones en las selvas africanas, y sus genes que me empujan con fuerza a lo desconocido"

lunes, 2 de agosto de 2010

La vieja de la fuente

Frente a la chimenea vacía de hollín y ascuas se balanceaba Don Juan Torres, en el Cortijo de Belén, mientras pensaba ensimismado cuál podría ser la enfermedad que estaba mermando el número de gallinas que había en el corral. Se levantó con presteza cuando recordó que antes de acostarse tenía que ir a por agua.

Miró el ennegrecido exterior, era la una de la mañana, esa noche no había luna. Cargando con un pipo y un candil bajó hacia la fuente más cercana a la casa. Para llegar a aquel lugar tenía que atravesar un amplio llano y bajar una pequeña cuesta que desembocaba en la entrada de un bosque de avellanos, lugar donde afloraba el caño. Don Juan andaba con pasos pequeños y rápidos, sus zapatillas de lona apenas rozaban la tierra o la hierba seca.

Cuando llegó junto a la fuente empezó a llenar el pipo mientras tarareaba la coplilla que cantaba su mujer todas las mañanas al lavar la ropa en la pila. No había trascurrido mucho tiempo cuando un sonido diferente se impuso a la melodía nocturna del campo, unos pasos arrastrando hojas y palos secos descendían desde el otro camino que desembocaba en aquel punto, un recodo oscuro en aquella boca de lobo.

El hombre creyó que se trababa de un animal, un perro salvaje o un jabalí, y buscó a tientas algo con lo que protegerse mientras intentaba con chasquidos y amenazas alejar a aquello que se estuviera acercando. Enmarcada en la sombra de la noche empezó a vislumbrarse la silueta de una anciana totalmente vestida de oscuro que, sin hacer caso al hombre que la miraba amenazante con un palo y un pipo rebosando de agua, pasó junto a él y subió la cuesta por la que éste había llegado. Reaccionando al pánico que la extraña aparición le había provocado, Don Juan echó a correr tras ella y cuando llegó al principio de la explanada donde esperaba verla, comprobó perplejo que allí ya no había nadie.

PD: toda leyenda parte de un hecho real. Así, mi abuela me contó que lo que verdaderamente pasó es que cuando aquel hombre siguió a la anciana pudo comprobar la razón por la cual ella no respondía a sus llamadas, ya que a su espalda llevaba una papel donde estaba escrita la palabra "sordomuda".

EL GRITO

Se acercó como el lento oleaje de mar de fondo, peinando a su paso las espigas casi maduras del campo de trigo y marcando surcos en la yerba del prado donde las vacas habían dejado de pastar y oteaban inquietas. A medida que se aproximó a la colina sobre la que estaba el pintor, se tornó en un susurro cada vez más definido, más humano. Ahora ya era una queja, un incesante lamento que subía de volumen, tan intenso que podían diferenciarse palabras de desconsuelo. Y convertido en el ronco estallido de una voz enloquecida, pasó por el lado del pintor quien se dio media vuelta como si hubiese sentido la presencia de una persona o de un animal huidizo, pero solo pudo ver cómo se doblaron fugazmente los arbustos que tenía a sus espaldas. Instantes después crujió la maleza que crecía delante de los primeros árboles del bosque, y justo donde abetos y pinos cerraban sus filas desordenadas, hubo una sacudida, un rebote violento entre las ramas que se agitaron ante el grito rechazándolo. En su retirada, rodeó de nuevo al pintor, bajó por la pradera rompiendo la tranquilidad de los animales y se alejó planeando encima de las eras en un suspiro que mermaba y se debilitaba para acabar en el zumbido persistente que desde la tragedia se escuchaba día y noche en el valle.

Heriberto dormitaba arropado por el calor de la tarde veraniega; su delgado cuerpecillo apenas ocupaba el último peldaño de la escalera al desván, su refugio ante las bromas pesadas de los tres primos mayores, los encargos del abuelo y los vasos de leche que la abuela estaba empeñada en hacerle beber. El chico apoyaba la frente contra un ventanuco ovalado cuyos cristales –ciegos de inclusiones y goterones– enturbiaban y deformaban todo lo que se divisaba: el bosque donde los primos –según ellos– cazaban osos y lobos aunque aparecieran siempre con las cestas llenas de setas, el pasto verde de las vacas blanquinegras, y el sendero que se separaba de la carretera para entrar al corral. Desvelado ya, el niño escuchó ruidos bruscos, gritos estridentes: hoy seguramente había cacería. Sonó el ladrido grave de un perro de gran tamaño como el del carnicero, se oyeron las voces de los muchachos, pero por más que el chico arrimara la cara al polvoriento cristal, no veía sino el manchón oscuro del bosque de abetos, la pradera verde y el camino que llevaba a la granja. De nuevo ladró un perro, alguien gritó, el animal aulló y el chaval creyó escuchar el vozarrón del abuelo. Más golpes, gruñidos, chillidos… luego un silencio espeso y sólido que pesaba mucho más que la algarabía anterior. Heriberto bajó al zaguán y abrió la puerta.

Sacando el morro del pecho de su última víctima, el perro rabioso se percató de un movimiento en la puerta de la casa, donde se asomaba el niño, un pálido chaval de ocho años. Gruñendo y aullando, cubierto de sangre y espuma, y sacados los temibles colmillos, el pastor alemán se le acercó con movimientos erráticos, torpes. El chico –que llevaba unos minutos observando la escena sin comprender lo que estaba pasando– iba a cerrar la puerta y a esconderse en lo más hondo de la casa, cuando vio a la abuela con un hacha salir del cobertizo de leña detrás del perro. El animal se paró en seco y empezó a darse la vuelta. Instintivamente el niño dio un paso adelante que fue suficiente para que el perro se lanzara hacia él. Justo en medio del salto, la abuela lo alcanzó, le partió la cabeza de un solo golpe y gritando enloquecida machacó a hachazos los restos de la bestia que había matado a su dueño, al abuelo que vino en su ayuda y a los tres nietos mayores de la pareja que sin armas se le habían enfrentado. En el corral solo quedaban con vida el nietecillo de la ciudad y ella misma que sin dejar de gritar se arrastró de un cuerpo inmóvil a otro, impotente y desesperada porque solo pudo tocar muerte con sus manos y solo sentir sangre bajo sus pies.

Dos veces, y hasta tres aguantó el pintor la embestida del grito mientras trabajaba en trance sobre el papel, eligiendo tonos y fijando trazos. Las líneas retorcidas y violentas de su dibujo, las formas, los colores, nada mantenía relación alguna con la realidad, todo era extremo y excesivo y rompía con las reglas de estética y armonía. Poco a poco surgió un apunte en el que el artista insistió hasta que no pudo más. Le temblaban las manos y la cabeza le estallaba cuando recogió sus bártulos y se volvió casi corriendo sobre sus pasos alejándose con alivio visceral del valle del grito, de esa queja sin medida ni límite. Cuando llegó a la carretera donde le esperaban el chófer y los amigos con el coche arreglado, les obligó a salir de inmediato. No consintió ninguna parada en el camino hasta la próxima ciudad, y ni sereno ni borracho habló de lo ocurrido hasta que años después pintara en Paris su cuadro más famoso.